Qué miedo.


    Qué miedo crear. Qué miedo crear y exponer los rincones más recónditos de mi alma a algún otro lector. Por eso me gusta la poesía confusa, un tanto abstracta. O por lo menos así me gusta pensar de mi poesía, la que he escrito hasta ahora. Es un vano intento de contar y de esconder, ambas al mismo tiempo. Porque no se puede hacer algo de valor que nazca de la mentira, y yo no puedo evitar dejar trazos de mí en cada oración que escribo. 
    Pero ¿por qué quiero esconder? Quién no querría prestarse la crítica cual paciente en una antigua escuela de medicina que, embriagado y mordiendo unos palitos envueltos en un trapo, es encandilado por una luz alta mientras decenas de ojos miran su carne al descubierto. Sangrante. Pulsante. Aún viva. Quién no querría que el olor metálico de su sangre penetre en las narices de otros y sea sujeto a la opinión de su degustador.
                    ¿Quién, no?    
    
    Y aunque tal vez ese sea un mal al que solo los artistas más famosos sean expuestos y a mí ninguna multitud me rodee, la soledad en la que respiro mi sangre y el espejo que me refleja hacen que mis ojos se sientan ajenos.

   



 Desastre

inacción de un ser atrapado en cuatro

paredes o en los mismos confines

de mi piel

y queda chico el plexo para tantas

sensaciones me queda chico

el cráneo para tanto sentir

el tumulto interno de una mente en frenesí

que no se deja y no deja y no quiere y no deja

que este cuerpo, nudo de límites, se mueva


la quietud es desastre es calamidad vestida 

de calma el desenfreno es traición el

balance está en no huir pero no

quedarse



evidencia